Jesús González (María Jesús en su cédula) acostumbra a andar a palos con las palabras. Pedir por teléfono una hora al médico ya es todo un suplicio. Para ella, la pintura resultó ser una secreta venganza contra esa condena perpetua que nos obliga a hablar con el prójimo. En las sombras, ya repletaba croquis con proyectos de futuros cuadros. Durante sus clases en la universidad -porque es arquitecta de la UCV- perpetraba, a escondidas, bosquejos con monos que intentaban decir con fluidez lo que la traidora lengua le impedía. Así, al borde de un régimen carcelario, bajo la severa mirada de su peor gendarme (tartamudez le dicen) devino en una suerte de pintora-en-la-clandestinidad. Su pincel dispara escenas de un inexcusable expresionismo. La temática: piernas, zapatos, encuentros urbanos (las más de las veces destinados al fracaso) y mujeres que cambian tetas por conversación. En su paleta no abunda la variedad de colores. Opta más bien por manejar con restricción cromática: dice rápido lo que quiere decir, sin demasiados adjetivos, no sea que la lengua -o el pincel- se boten a huelga.
Mauricio Hasbún
